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Los oficios imposibles de Ferran Adrià…

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Ferran Adrià es un narrador raro. Lo que pasa es que no suele confesarlo a menudo. Si hubiese nacido escritor no le hubiese publicado nadie. Porque la gente lee muy poco a los escritores que buscan de verdad, sólo leen a los que encuentran; un estilo, una ciudad, una marca. Si Ferrán Adrià se hubiese puesto a escribir la tan ansiada Gran novela sobre Barcelona igual se hubiese puesto a describir un pez de la Boquería, pero momentos antes de llegar al pez se hubiese dado la vuelta diciendo que no es ese el pez que define perfectamente Barcelona, ni al mediterráneo, ni la Cala Montjoi… Aunque detrás del pez estarían las escamas, o el agua que suelta el pez… y ésta igual sí que hubiese sido un punto de partida aceptable para la novela. Pero claro; al cuerno Barcelona y al cuerno el pez. Se jodió la novela. Se jodió el editor; que es el que encarga. Le pagarían fatal y acabaría de bloguero en Onfan.

Si Ferran Adrià hubiese sido un sicario, como muchos grandes asesinos de Serie B hubiese matado con mucho estilo y ternura… pero habría matado fatal. Por el camino habría muerto cualquier cosa menos al tio que hay que cargarse, y además la espera se hubiese convertido en una tortura. Quizá, eso sí, le hubiesen pagado. Pero le hubiesen pillado enseguida y le habría ajusticiado cualquier verdugo de provincias. Cosa que ya han intentado.

Este documental pretende ponerse en manos de algo imposible. Tratar de definir el trayecto y las intenciones de un niño con sus guardamaestres jugando sobre una barca junto al Cap de Creus. Si se hubiese hecho la peli bien, el paralelismo obvio hubiese sido un “Donde Habitan los monstruos” (2009, Spike Jonze) para adultos. Pero el “documental” que nos ocupa parte, para empezar, de un error claro; el de ser excesivamente reverente con aquello que retratas… que es precisamente el primer error que no debe cometer un cineasta y el error que no comete Ferran Adrià con la comida. Visto de este modo, estamos ante un pintor… pero el que por cercanía geográfica y ademanes piense en Dalí creo que yerra. El Señor Adrià es a la comida lo que Picasso a las mujeres; un gozoso minotauro. Alguien que antes de poseerlas las desnuda y las arrastra a su laberinto. Ese mismo laberinto al que a ratos se asoma bien este documental. Sólo asomarse. Por qué… El Bulli, Cooking in progress quizá podría haberse convertido, creo, en una de las comedias de la década, y si hay algo que no le falta son escenas para justificarlo; como aquella en la que se confunden en una mezcla preparada de base de aceite y agua y le llevan al comensal dicha mezcla con agua gaseosa y el jefe de cocina vuelve acojonado tras servirle el pastiche a los clientes. Pero lo incorporan a la carta. O se lo plantean seriamente. Eso es buscar. Y si no es buscar, es dejar que el azar te encuentre. Como a los buenos toreros. Un buen torero nunca busca al toro, me dijo un día un salmantino… lo invita y lo emociona.

 

De lo que no le veo a Ferran Adrià es de cocinero. Afortunadamente abandonó esa lúgubre faceta hace mucho, casi desde el principio de la era Adrià y decidió dedicarnos a la búsqueda de las emociones. Haber elegido la profesión de zahorí es un acto poco menospreciable en estos días. Que como utensilio, en vez de varas de cobre, haya tomado como excusa nuestro paladar, hace su tarea más encomiable. Como zahorí intuyo es fácil llegar a ser cómico. Alguien capaz de tener a una señora sentada tres horas en una mesa, cenando, hablando sólo de él o era Dean Martin o es Ferràn Adrià. Ahí es donde le hubiese ido bien la casaca de Crooner… pero ese tiempo ya ha pasado, el Sr. Adrià no tiene voz para ello y todos los cantantes de verdad han muerto.

Hablan de Ferran Adrià como de producto de mercadotecnia gente que define como producto de màrketing a cualquier cosa que mola o cuya foto sale en las cabinas de teléfono. Ferran Adrià, opino, es un gran narrador y muy buen poeta y humorista. En este documental lo sugiere él mismo en un momento muy claro que debería ser visto varias veces, dando a la pausa, en todas las escuelas de cine y escritura si es que queda alguna… que esperemos que no. Hay que romper al final del segundo acto y conseguir que la gente diga “Hostia esto qué es” y se despierte de la rutina del menú a la que le llevas sometiendo durante tres horas. Con menta, con hielo en el plato, o con lo que sea… pero que lo diga. Que sienta algo. Porque una cena en el Bulli no era una cena sino un mapa de sensaciones. Y estas se atraviesan como el que atraviesa un país con muchas curvas.

Respecto al documental tienen dos posibilidades; verlo como documental y perderlo de vista porque ni lo es ni aspira a ser nada más que un reportaje o verlo por ver a Ferràn Adrià y la gente que le rodea y respira, verle asomarse por el quicio del salón, tímido y nervioso, como Henry Fonda en Pasión de los Fuertes en la escena del baile, como un viejo maestro de ceremonias que quiere comprobar si la gente lo está pasando bien en su circo o como un torero que espera nervioso junto a los chiqueros. Si es por esto último; háganlo, por Dios. Y digan Hostia… esto qué es. A qué se dedica este hombre…

Sea lo que sea a lo que se dedique, queremos mucho a Don Ferran.

 

Bocadillo de MojitoTortilla de Camarones

Tiramisú de soja y miso de El Bulli.

Fotos Menú El Bulli – Cortesía de Susana Badía